El coche


Recuerdo el día en que le desguazaron el coche a mi padre mientras dormíamos. Tenía ocho años y en esa época vivíamos en las afueras de Valencia, en un bajo con las fachadas de gravilla gris y áspera, con una terraza enorme tapada con cáñamo que daba a la carretera, una circunvalación con seis carriles que a pocos metros se convertía en la autopista hacia la Albufera.

Cuando mis padres aún dormían me levanté y fui a la cocina. Era noviembre y el frío se me había agarrado al pecho dejándome una tos que parecía el borboteo de una cafetera. Mi madre se levantó al poco, me dio un beso en la cabeza que sonó como un globo al escaparse de la mano; me trajo una bata marrón para abrigarme, y la observé, rumiando aún el sueño, moverse arriba y abajo por la cocina, mientras preparaba el desayuno, meneando su camisón azul de raso.

Mi padre es policía, o lo era, y apareció en la cocina con el uniforme ya puesto. Entonces todavía era grande y aún llevaba la barba. Parecía un oso algo torpe. La cocina era pequeña y si se giraba para coger algo la porra golpeaba la mesa o las esposas chocaban contra el tirador de un cajón. En la luz suave de la mañana la cocina era como un santuario: mi madre y yo disfrutábamos cada día de la ceremonia de mi padre: él fingía tener mucha prisa y agitaba frenéticamente el café que se derramaba por los bordes, o hacía un ruido como de cocodrilo al devorar la tostada; y yo no paraba de reír ―aquel día mi tos ronca reñía con la risa y sentía cómo el pecho se me desbarataba como un repiqueteo de tambor.

Mi padre me esperó en la puerta, como solía hacer, con los brazos en jarra, con la gorra puesta, como un instructor, y los dos salimos de casa con paso firme, como si desfiláramos. Mi madre nos despidió junto a la puerta, aún le quedaban un par de horas para ir a trabajar.

Recuerdo el viento helado que me taponaba la nariz.

Me acuerdo de la mano enorme de mi padre como un pan de hogaza.

Había dejado el coche aparcado frente a nuestra casa, al otro lado de la carretera. Era un Seat 1500 blanco con aquella tapicería rugosa de color marrón que no he vuelto a ver. Era el primero que mis padres se habían podido comprar ―hasta entonces conducían un Citroën de mi abuelo― y le habían colocado en el asiento del conductor una de esas esterillas hechas con bolitas de madera y en la palanca de cambios un falso ámbar verde con una estrella de mar dentro. No se puede decir que fuera una maravilla pero a mi padre le gustaba mantenerlo limpio y supongo que al perderlo, para él ya no tenía sentido mantener nada más.

Fuimos hacia el paso elevado que saltaba, como un bostezo gris, sobre los vehículos apiñados que intentaban salir o entrar de la ciudad.
Cuando llegamos al aparcamiento que había junto al concesionario de coches usados mi padre aceleró el paso y comenzó a tirar de mí como de un saco. En ese momento yo no entendía por qué lo hacía pero pronto llegamos al lugar donde estaba el Seat. En contra de lo que cabría esperar mi padre no gritó ni se puso a maldecir o a darle patadas. En lugar de eso, me soltó la mano y muy lentamente se acercó al coche. Con un movimiento que parecía serle muy fatigoso se dejó caer en el asiento desvencijado. Estuvo un buen rato allí metido con la boca estirada en una mueca tensa y la mirada fija en el cartel del concesionario: «vehículos de ocasión»; con aquella tristeza parsimoniosa que después de aquello se le imprimiría para siempre en su carácter.

Al ver el coche desarmado caprichosamente, pensé en los vándalos que debieron de haberlo hecho. Me los imaginé con pasamontañas y vestidos de negro. Los vi con una barra de hierro rompiendo la luna delantera que había quedado resquebrajada como una telaraña, desencajando las puertas, pateando con sus botas los faros, hurgando en el motor que había quedado a la vista y con varios cables y piezas sueltas que asomaban de su interior ―el capó estaba tirado unos metros más allá. Habían destripado el asiento trasero y se habían llevado tres de las cuatro ruedas. Pensé un buen rato en ellos, en que quizá, también acecharon nuestra casa agazapados en la noche, y se arrastraron hasta mi ventana, observándome, en la oscuridad de mi cuarto. Un miedo acuciante e indeterminado, el temor a que me infligieran un daño desconocido y terrible, recorrió mi pequeño cuerpo de arriba abajo.

Mi padre seguía dentro del coche, sin inmutarse.

Estábamos muy cerca de la puerta del concesionario. Era un edificio un tanto cochambroso, de un solo piso con los cristales siempre sucios y con pocos clientes. Su vendedor, un infeliz algo rechoncho, con corbata marrón de lunares y una chaqueta de cuero negra, salió no sé si para consolarme o para ver más de cerca la escena. Supongo que se sentiría apurado por lo ocurrido delante de su negocio ―supe que meses más tarde lo traspasó por falta de ventas. Con un pañuelo amarillo se enjugaba el cuello y la frente, pero no sudaba. Clavó sus ojos saltones en mí, sin atinar a decir nada. Yo intentaba reprimir el llanto. Me acerqué a mi padre como para decirle «está bien, quédate aquí, no te preocupes, todo se arreglará» pero no dije nada y crucé la carretera hacia mi casa. Los coches estaban parados en un atasco y yo serpenteaba entre ellos con los hombros caídos, pero con pisadas decididas sobre el asfalto helado. Una vez hube cruzado, miré a la carretera, al horizonte donde la hilera de coches se perdía tras un monte pelado en la neblina parda.

En ese momento mi madre salía del portal para ir a trabajar, y me apreté contra su cuerpo tibio que aún olía a jabón de coco y a leche caliente del desayuno.

10 comentarios:

Anónimo dijo...

también es rescatado: lo conozco!
oye, qué maravilla lo que pintaba el de la tumba del alef-omega. Y qué presentación más chula de fotos. Yo, como aún no sé descargarlas del móvil, ahí siguen, en él. Pero ya te haré la competencia, ya. Aficionadillo de Paco-tilla...jeje besos

Anónimo dijo...

Hazme la competencia, Nic. Hazte un microblog ya mismo, por favor.

Anónimo dijo...

es q no sé de esas cosas... lo intentaré.
Ya lo hice una vez, y me duró una semana, me olvidé de la contraseña, o algo así.
Este viernes me han invitado a una reunión de 5 blogueros, a ver qué tal. Qué extraño. El mundo virtual en el real...
POr cierto, final del Slam ayer. Te hubiera encantado!!

Hapi dijo...

hello... hapi blogging... have a nice day! just visiting here....

Alnitak dijo...

Bueno, también es bueno eliminar el Spam, ;-)

¿¿No escribes??? Siempre vemos la paja en el ojo ajeno ¿no? :-D

Anónimo dijo...

A falta de un espacio para decir en tu puesto de pesacado, te escribo aquí: acabo de descubrir que el Principito también era espadachín y zurdo!! jejeje. Me encanta esa obra. Me encanta la serpiente, la relación con la rosa, cómo ve el mundo ese guerrero de la ilusión. He creido muchos años en él. Tengo una foto de Saint-Exupery poniendose su traje de aviador, tengo que hacer algo para que no se deteriore, porque es una página de periódico viejo...feliz navidad guapo. Hablamos! vas a venir a Mallorca por Nochevieja?? :-)besos

Anónimo dijo...

Lo que había que descubrir era que El Principito de mayor se convierte en un héroe romántico, en un viajero ante un mar de niebla.

Anónimo dijo...

Feliz navidad, viajero eterno ante el mar de niebla.. Sigue escribiendo, por favor.
un abrazo, nic

tagskie dijo...

hi.. just dropping by here... have a nice day! http://kantahanan.blogspot.com/

JanuskieZ dijo...

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