Fe (III)

Cuando abrió la puerta el mastín negro lo miró con la lengua fuera, asintiendo por su pesada respiración. El conductor lo agarró con fuerza del collar y lo atrajo hacia sí. Luca se subió sin dejar de mirar al perro, que no le quitaba ojo de encima.
-¿Le tiene mucho cariño? - dijo Luca, estirando una risa temblorosa bajo el bigote sudado.
-¿Al perro? No, es que es el más violento de los siete y si lo deja detrás muerde al resto, ya me ha matado a tres el muy bestia.

El mastín parecía sonreír a Luca, aún con la lengua fuera, ajeno a todo. Luca se pegó a la portezuela mientras asentía nervioso.

-Pero no se preocupe, nunca muerde a las personas. Es que no soporta la competencia, si hay una hembra por medio se pone hecho una furia y ataca a los otros machos.

Recorrieron los pocos kilómetros que faltaban para llegar a Stronzo en silencio, sólo turbado por el jadeo del perro. Los chopos se sucedían cada vez más apretados. Unas nubes blancas se habían detenido en la cima de la montaña y retenían la luz del sol.
-Y qué ¿a vender zapatos? -dijo el conductor.

-No -dijo Luca.

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