Tendría que elegir. Dispuso las cajas en hilera a lo largo de la cuneta y las abrió una por una. Se alejó unos metros, hasta casi la mitad de la calzada. Se llevó la mano a la barbilla y recorrió los zapatos con la mirada, al principio muy rápido, para formarse una idea de conjunto, y luego lentamente, como fijando cada uno en su cabeza y sopesando sus posibilidades. El lazo rojo, el tacón fino, la punta redonda, el terciopelo…
Tras la primera criba eliminó cinco pares, quizá los más excéntricos y que había reservado para darle una sorpresa a Adriana, para hacerla reír: había pensado sacar estos horribles primero y luego mostrarle los bonitos (con las mujeres nunca se sabe —se solía decir).
Finalmente formó dos torres de ocho cajas que sujetaba en cada mano, eran tan altas que sólo podía poner la cara de medio lado para mirar la calzada; y se tambaleaba tanto que tenía que arquear las piernas como un mono para que las cajas no se le cayeran.
Cuando había recorrido un kilómetro oyó el ruido de un coche que se acercaba por su espalda. Luca no podía girarse para mirar así que lo primero que vio fue la cara de un mastín que le observaba con la lengua fuera desde la ventanilla de una camioneta. Era tan grande el perro que no alcanzaba a ver la cara del conductor, el cual redujo la marcha hasta que se detuvo. Con una mano apartó al perro y Luca por fin pudo verle.
—¿Adónde se dirige?
—Voy a Stronzo —respondió Luca.
—¿Con eso?
Luca sonrió tontamente sin saber qué decir. Debía de parecer un estúpido con aquellas cajas en mitad de la carretera.
—Suba, hombre, yo le llevaré.
El conductor, al ver que Luca no sabía si dejar las cajas o abrir la portezuela, se bajó de la camioneta sin apagar el motor, le cogió las cajas y las llevó a la parte trasera. Cuando Luca pudo mirar, aliviado de su carga, vio seis mastines más tan grandes como el copiloto en la parte trasera. El conductor dejó las cajas como si contuvieran huevos y las tapó con una manta raída.
—No se preocupe, ésta es la manta donde envuelvo a los muertos, ni se acercarán a olerla.
Luca deseó que los “muertos” fueran perros.
Tras la primera criba eliminó cinco pares, quizá los más excéntricos y que había reservado para darle una sorpresa a Adriana, para hacerla reír: había pensado sacar estos horribles primero y luego mostrarle los bonitos (con las mujeres nunca se sabe —se solía decir).
Finalmente formó dos torres de ocho cajas que sujetaba en cada mano, eran tan altas que sólo podía poner la cara de medio lado para mirar la calzada; y se tambaleaba tanto que tenía que arquear las piernas como un mono para que las cajas no se le cayeran.
Cuando había recorrido un kilómetro oyó el ruido de un coche que se acercaba por su espalda. Luca no podía girarse para mirar así que lo primero que vio fue la cara de un mastín que le observaba con la lengua fuera desde la ventanilla de una camioneta. Era tan grande el perro que no alcanzaba a ver la cara del conductor, el cual redujo la marcha hasta que se detuvo. Con una mano apartó al perro y Luca por fin pudo verle.
—¿Adónde se dirige?
—Voy a Stronzo —respondió Luca.
—¿Con eso?
Luca sonrió tontamente sin saber qué decir. Debía de parecer un estúpido con aquellas cajas en mitad de la carretera.
—Suba, hombre, yo le llevaré.
El conductor, al ver que Luca no sabía si dejar las cajas o abrir la portezuela, se bajó de la camioneta sin apagar el motor, le cogió las cajas y las llevó a la parte trasera. Cuando Luca pudo mirar, aliviado de su carga, vio seis mastines más tan grandes como el copiloto en la parte trasera. El conductor dejó las cajas como si contuvieran huevos y las tapó con una manta raída.
—No se preocupe, ésta es la manta donde envuelvo a los muertos, ni se acercarán a olerla.
Luca deseó que los “muertos” fueran perros.
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