La biografía de Marzuki abarca cincuenta años más de su vida, hasta su muerte, a los 105 años, mientras trabajaba en el último de sus proyectos ecológicos: una super aspiradora orbital capaz de transformar el CO2 en ozono. Hoy sus restos, transformados en partículas infinitesimales, surcan el espacio. Quizá para llevar vida a otro planeta, o quizá fueron reabsorbidos por nuestra atmósfera, quizá estemos respirando ahora un poco de Marzuki, quiero pensar que así es.
Tengo otras cosas en mente, así que no os puedo copiar la biografía entera. Pero os la resumo por encima.
Murmur se escapa con la indígena a EEUU, ella le enseña a tejer y él demuestra unas dotes magníficas. Se convierte en un gran artista, se casan. En una exposición suya conoce a una agente de la CIA encargada de adiestrar pingüinos para su uso militar. También se enamora de ella y los tres llegan a un acuerdo para vivir juntos, poner lavadoras y tejer vestiditos de lana para los pingüinos que adoptan. En la Feria Mundial de Tejedores, en Texas, conoce a Marzuki y se hacen amigos. Sólo dos años después se produjo el accidente que acabó con la vida de Murmur y llevó a Marzuki a la cárcel.
Las viudas de Murmur, Carmen y Emily, se trasladan a Tonga, entran en contacto con grupos anarquistas y el dolor por su pérdida les hace maquinar diabólico plan: formar un ejército de pingüinos para invadir EEUU y así acabar con, lo que ellas llamaban, "the widowmaker empire". Le escriben una carta a Mary Pyongwey para que se una a su causa anarco-feminista. A Mary el rancho se le hizo muy grande con la desaparición de Marzuki, aún no se había planteado qué iba a hacer, si lo iba a esperar, pero tenía claro que no podía vivir alimentando su recuerdo así que decidió irse a Tonga para evitar a tiempo lo que podría ser otra catástrofe.
En Tonga, las tres mujeres vivían en un cuartel fabricado con adobe y ramas de palmera. De las trece parejas de pingüinos, que en un principio adoptaron los Murmur, con la prosperidad del clima y la bondad de la naturaleza, se había formado una auténtica colonia que superaba el medio millón. Carmen, la indígena, se ocupaba de equipar a los pingüinos: fabricaba unas pequeñas granadas adaptadas a sus aletas, unas cabezas de misiles del tamaño de la cabeza de un alfiler que se alojaban en la cabeza del pingüino, y unos diminutos imanes atómicos destinados a neutralizar los radares de barcos y submarinos. Emily aleccionaba a los pingüinos en la estrategia militar. Mary había abandonado el tenis y había aprendido a tocar la guitarra. Aprendió el idioma de los pingüinos y se dedicaba a componer canciones pacifistas que, sin que las Murmur lo supieran, todas las noches cantaba a los pingüinos desde el muelle cercano al cuartel para minar su moral y provocar su insurrección. Desde el agua, el ejército de pingüinos la escuchaba ensimismado. Mary cantaba con una voz dulce, mucho más bonita que la de las hembras de pingüino, y miraba las estrellas. Liberar a aquellos animales se había convertido en una obsesión y trabajaba sin descanso porque, si tenía un rato libre, no hacía más que pensar en Marzuki y se sentía una cobarde por no haber permanecido a su lado.
Los años pasaron y dentro del ejército de pingüinos surgió una facción rebelde clandestina. Cada noche aparecía una pintada con su símbolo: un pingüino con las aletas abiertas, una estrella blanca y el lema "¡vuela!". Carmen y Emily, furiosas, se ocupaban de borrar aquellos símbolos revolucionarios y emprendieron una extenuante purga que se cobró la vida de quinientos pingüinos, todos inocentes. Los rebeldes tenían cada vez más adeptos, se extendieron varios rumores sobre las Murmur: que habían construido un cobertizo para torturas, que tras la guerra pensaban convertir a los pingüinos en zapatos, que el rancho que comían estaba hecho de restos de compañeros muertos...
Mary veía cerca el fin de aquel disparate y el tema de sus canciones también se iba liberando. Ya no trataba sólo de la paz, también del amor. Ahora recordaba a Marzuki sin remordimientos, sólo con un cariño sosegado, dulce y sincero, y cada noche le cantaba, en su idioma, sin importarle quién la estuviera escuchando.
Su voz era tan melodiosa, sus letras tan desgarradas y tiernas, y su guitarra sonaba ahora tan bien, que los pescadores locales comenzaron a acudir a sus actuaciones. Uno de ellos, construlló sobre el muelle un palio con luces azules y conchas de colores, otro amarró flores a los postes y pintó el muelle de blanco. Pronto se hizo tan famosa que gentes de todo el reino iban a oírla cantar, pero ella no se envanecía con el éxito. Sólo deseaba poder cantarle a una persona, pero estaba a miles de kilómetros y quién sabe si vivo o muerto o aún en la cárcel, o, lo peor de todo, si ya la había olvidado.
Una noche, cuando Mary se sentó al borde del muelle y alzó la vista, vio cientos de barcas con candiles. Familias de todas las islas que habían oído hablar de Mary, habían acudido esa noche para verla. Aquella fue una de sus mejores actuaciones, el público aplaudía con devoción y las lágrimas se le saltaban a más de uno. En su última canción, un blues de doce compases que acababa de escribir, cantó: "Si supieras cuánto te he soñado / desde este paraíso amargo / si supieras cuánto te he besado / besos mojados, ligeros, desesperados / aguardo en vano y soy culpable pero, joder, te quiero y duele tanto...". Al terminar todos aclamaron a Mary y se prometieron volver, los hijos se sentían más cercanos a sus padres, las parejas sentían unas ganas irrefrenables de besarse y jurarse amor eterno, y los solitarios se sintieron aliviados de su pena por un tiempo. Cuando las barcas ya se alejaban, Mary vio cómo alguien nadaba hacia ella. No era extraño que al final de algún concierto un marinero solitario se acercara para ver si podía invitarla a una copa. Mary ya se preparaba para excusarse mientras el hombre se agarró a la tabla del muelle. Su respiración era desesperada y las manos se crispaban, temblorosas sobre la madera. Mary, pensando que se podía ahogar, lo ayudó a subir. Una vez sobre el muelle, el hombre se dobló sobre sí mismo y durante diez minutos trató de recobrar el aliento. ¿Desde dónde venía nadando? se preguntó Mary. Cuando por fin se recompuso, el hombre se enderezó. Mary se fijó en sus tatuajes, nada que ver con los que solían llevar los marineros de Tonga, vio su barba castaña que le parecía la de un vagabundo. Pero fue al ver sus ojos oscuros, pequeños, dulces, que la miraban con esa ternura de hace años y le decían: "Ya estoy aquí". Sin duda, eran los ojos de Marzuki.
Las últimas cien páginas del libro para mí son las mejores. Nos cuentan la escapada de Mary y Marzuki, a toda prisa antes de que la isla explotara (la noche del reencuentro fue la elegida por los pingüinos revolucionarios para sabotear el cuartel de las Murmur). Después todos sus viajes: su temporada en la selva amazónica, su proyecto en la Antártida, los tres años que vivieron en una cabaña construida sobre un poste de teléfono en la carretera entre París y Marsella, la escuela que construyeron en Bombay, y después todos sus proyectos para salvar el mundo: la tomatera que se riega a sí misma, las nubes con ancla para asegurarse la lluvia, una planta potabilizadora que convertía la tierra en agua, el libro de chistes para desarmar a ejércitos invasores, y miles de inventos más. Y las descripciones de su amor: Las locuras que Marzuki hacía cada día para volver a enamorar a Mary. Las canciones que Mary le cantaba todas las noches, antes de hacer el amor. Es la mejor parte pero no os puedo copiar todo, ¡compráos el libro!
Tengo otras cosas en mente, así que no os puedo copiar la biografía entera. Pero os la resumo por encima.
Murmur se escapa con la indígena a EEUU, ella le enseña a tejer y él demuestra unas dotes magníficas. Se convierte en un gran artista, se casan. En una exposición suya conoce a una agente de la CIA encargada de adiestrar pingüinos para su uso militar. También se enamora de ella y los tres llegan a un acuerdo para vivir juntos, poner lavadoras y tejer vestiditos de lana para los pingüinos que adoptan. En la Feria Mundial de Tejedores, en Texas, conoce a Marzuki y se hacen amigos. Sólo dos años después se produjo el accidente que acabó con la vida de Murmur y llevó a Marzuki a la cárcel.
Las viudas de Murmur, Carmen y Emily, se trasladan a Tonga, entran en contacto con grupos anarquistas y el dolor por su pérdida les hace maquinar diabólico plan: formar un ejército de pingüinos para invadir EEUU y así acabar con, lo que ellas llamaban, "the widowmaker empire". Le escriben una carta a Mary Pyongwey para que se una a su causa anarco-feminista. A Mary el rancho se le hizo muy grande con la desaparición de Marzuki, aún no se había planteado qué iba a hacer, si lo iba a esperar, pero tenía claro que no podía vivir alimentando su recuerdo así que decidió irse a Tonga para evitar a tiempo lo que podría ser otra catástrofe.
En Tonga, las tres mujeres vivían en un cuartel fabricado con adobe y ramas de palmera. De las trece parejas de pingüinos, que en un principio adoptaron los Murmur, con la prosperidad del clima y la bondad de la naturaleza, se había formado una auténtica colonia que superaba el medio millón. Carmen, la indígena, se ocupaba de equipar a los pingüinos: fabricaba unas pequeñas granadas adaptadas a sus aletas, unas cabezas de misiles del tamaño de la cabeza de un alfiler que se alojaban en la cabeza del pingüino, y unos diminutos imanes atómicos destinados a neutralizar los radares de barcos y submarinos. Emily aleccionaba a los pingüinos en la estrategia militar. Mary había abandonado el tenis y había aprendido a tocar la guitarra. Aprendió el idioma de los pingüinos y se dedicaba a componer canciones pacifistas que, sin que las Murmur lo supieran, todas las noches cantaba a los pingüinos desde el muelle cercano al cuartel para minar su moral y provocar su insurrección. Desde el agua, el ejército de pingüinos la escuchaba ensimismado. Mary cantaba con una voz dulce, mucho más bonita que la de las hembras de pingüino, y miraba las estrellas. Liberar a aquellos animales se había convertido en una obsesión y trabajaba sin descanso porque, si tenía un rato libre, no hacía más que pensar en Marzuki y se sentía una cobarde por no haber permanecido a su lado.
Los años pasaron y dentro del ejército de pingüinos surgió una facción rebelde clandestina. Cada noche aparecía una pintada con su símbolo: un pingüino con las aletas abiertas, una estrella blanca y el lema "¡vuela!". Carmen y Emily, furiosas, se ocupaban de borrar aquellos símbolos revolucionarios y emprendieron una extenuante purga que se cobró la vida de quinientos pingüinos, todos inocentes. Los rebeldes tenían cada vez más adeptos, se extendieron varios rumores sobre las Murmur: que habían construido un cobertizo para torturas, que tras la guerra pensaban convertir a los pingüinos en zapatos, que el rancho que comían estaba hecho de restos de compañeros muertos...
Mary veía cerca el fin de aquel disparate y el tema de sus canciones también se iba liberando. Ya no trataba sólo de la paz, también del amor. Ahora recordaba a Marzuki sin remordimientos, sólo con un cariño sosegado, dulce y sincero, y cada noche le cantaba, en su idioma, sin importarle quién la estuviera escuchando.
Su voz era tan melodiosa, sus letras tan desgarradas y tiernas, y su guitarra sonaba ahora tan bien, que los pescadores locales comenzaron a acudir a sus actuaciones. Uno de ellos, construlló sobre el muelle un palio con luces azules y conchas de colores, otro amarró flores a los postes y pintó el muelle de blanco. Pronto se hizo tan famosa que gentes de todo el reino iban a oírla cantar, pero ella no se envanecía con el éxito. Sólo deseaba poder cantarle a una persona, pero estaba a miles de kilómetros y quién sabe si vivo o muerto o aún en la cárcel, o, lo peor de todo, si ya la había olvidado.
Una noche, cuando Mary se sentó al borde del muelle y alzó la vista, vio cientos de barcas con candiles. Familias de todas las islas que habían oído hablar de Mary, habían acudido esa noche para verla. Aquella fue una de sus mejores actuaciones, el público aplaudía con devoción y las lágrimas se le saltaban a más de uno. En su última canción, un blues de doce compases que acababa de escribir, cantó: "Si supieras cuánto te he soñado / desde este paraíso amargo / si supieras cuánto te he besado / besos mojados, ligeros, desesperados / aguardo en vano y soy culpable pero, joder, te quiero y duele tanto...". Al terminar todos aclamaron a Mary y se prometieron volver, los hijos se sentían más cercanos a sus padres, las parejas sentían unas ganas irrefrenables de besarse y jurarse amor eterno, y los solitarios se sintieron aliviados de su pena por un tiempo. Cuando las barcas ya se alejaban, Mary vio cómo alguien nadaba hacia ella. No era extraño que al final de algún concierto un marinero solitario se acercara para ver si podía invitarla a una copa. Mary ya se preparaba para excusarse mientras el hombre se agarró a la tabla del muelle. Su respiración era desesperada y las manos se crispaban, temblorosas sobre la madera. Mary, pensando que se podía ahogar, lo ayudó a subir. Una vez sobre el muelle, el hombre se dobló sobre sí mismo y durante diez minutos trató de recobrar el aliento. ¿Desde dónde venía nadando? se preguntó Mary. Cuando por fin se recompuso, el hombre se enderezó. Mary se fijó en sus tatuajes, nada que ver con los que solían llevar los marineros de Tonga, vio su barba castaña que le parecía la de un vagabundo. Pero fue al ver sus ojos oscuros, pequeños, dulces, que la miraban con esa ternura de hace años y le decían: "Ya estoy aquí". Sin duda, eran los ojos de Marzuki.
Las últimas cien páginas del libro para mí son las mejores. Nos cuentan la escapada de Mary y Marzuki, a toda prisa antes de que la isla explotara (la noche del reencuentro fue la elegida por los pingüinos revolucionarios para sabotear el cuartel de las Murmur). Después todos sus viajes: su temporada en la selva amazónica, su proyecto en la Antártida, los tres años que vivieron en una cabaña construida sobre un poste de teléfono en la carretera entre París y Marsella, la escuela que construyeron en Bombay, y después todos sus proyectos para salvar el mundo: la tomatera que se riega a sí misma, las nubes con ancla para asegurarse la lluvia, una planta potabilizadora que convertía la tierra en agua, el libro de chistes para desarmar a ejércitos invasores, y miles de inventos más. Y las descripciones de su amor: Las locuras que Marzuki hacía cada día para volver a enamorar a Mary. Las canciones que Mary le cantaba todas las noches, antes de hacer el amor. Es la mejor parte pero no os puedo copiar todo, ¡compráos el libro!
1 comentarios:
Qué extraño, qué dulce, te hace sonreir, te desconcierta. Me has convencido. ¿Qué libro hay que comprar?
Besos, nic
PD has tenido ocasión de leer el Stradivarius Rex??
Publicar un comentario en la entrada