Muchos años después, en el dormitorio de los Stevens tratando de cortar la hemorragia de su arteria femoral, el tejedor Murmur H. Wallace había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el guano.
-De aquí nace nuestra fortuna, hijo, de la mierda de pájaro, de aquí vienen los Wallace -le dijo frente al islote nauseabundo.
Sir Herbert Wallace había delegado sus funciones como presidente de la Wallace Fertilizer International en favor de un consejo directivo provisional, a la espera de que su único hijo, Murmur H., cumpliera la mayoría de edad para hacerse cargo de la compañía. Hasta entonces, se trasladó con su familia a la ciudad de Lima, para que Murmur no sólo tomara conciencia de sus orígenes, sino también para transmitirle su entusiasmo por una empresa gracias a la cual su egregio apellido fue famoso durante siglos: esparcir excrementos por medio Imperio Británico.
Y ésa hubiera sido su labor si una tejedora indígena no se hubiera cruzado en su camino. Murmur tenía dieciséis años y cuando Carmen entró a trabajar como sirvienta en la casa de los Wallace, se enamoró al momento de sus manos como de barro y de sus ojos que tenían el brillo de un fuego pardo durante el día y la luz de una estrella humilde durante la noche.
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