Ablución

S. recorre los puntitos de luz con los dedos, la luz que se cuela por la persiana como láseres de limón; con dos dedos, como si fueran las piernas de una marioneta.

Estoy medio dormido, o me lo hago, y cuando su mano comienza a escalar el malogrado monte de mi pecho, la respiración se me acelera como una locomotora.

Cada vez que cierro los ojos transcurre una cantidad de tiempo. Es un tiempo inmensurable, sólo equivalente a medidas profanas como un tarro de azúcar, una cucharada de polen, un pañuelo de albahaca, una olla de aire. Bien, digamos que en total, contando el tiempo que he premanecido con los ojos cerrados, han pasado treinta puñados de suspiro y un pellizco de sol.

Vuelvo a abrir los ojos y S. ya no está. Ha dejado una sábana con el relieve de un mapa. Sólo tengo que seguir el rastro de su cuerpo (su olor en aquella colina blanca) para encontrarla. Pero cierro de nuevo los ojos, porque así es más fácil llegar hasta ella.

Noto el peso de su cuerpo en la cama, sigo haciendo como que duermo. Ella me habla, quiere que salgamos, quiere el día lleno de sol, quiere caminar, beber vino, acabar en un antro y quizá bailarnos. No digo nada, prefiero que me intente convencer. En lugar de eso, S. abre la persiana. Mira qué día tan bonito, dice. El sol entra en tromba borrándolo todo, quemándome los párpados, desapareciéndome.

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